Archive for 31 diciembre 2009

Gastronomía por un tubo
31/12/2009

La Navidad siempre ha sido tiempo de ingesta calórica y glotonería, pero también es la época cumbre de la delicatessen y el refinamiento gastronómico. Las comidas y cenas familiares se convierten en opulentos banquetes en los que se come y se bebe en exceso, pero los paladares ávidos de los placeres de la buena mesa se preparan para degustar todo aquello que por contención, falta de tiempo, o pudor, no nos atrevemos a comer durante el resto del año

Entre otros muchos manjares en Catalunya es típico comer escudilla y carn d’olla el día de Navidad y canelones en Sant Esteve, pero… ¿Que hace un plato de pasta de claras reminiscencias italianas aposentado en pleno epicentro del recetario catalán? Pues bien, para contar el origen de esta tradición hay que remontarse al 1800, cuando el maestro Gioachino Rossini autor de obras claves del bel canto italiano como El Tancredi, El barbero de Sevilla, o Guillermo Tell, creó una receta de canelones hechos a base de carnes foie gras y bechamel. Rossini además de ser uno de los más célebres compositores de la historia de la música también fue un refinado gourmet cuyo exquisito paladar y fuerte amistad con el gran chef francés y cocinero personal de Napoleón, Antonin Carême, dio fruto a distintas recetas que todavía perduran en la actualidad.

Los canelones Rossini fueron un plato de corte indispensable en el repertorio culinario de los grandes chefs franceses de segunda mitad del siglo XVIII hasta que en 1903 llegaron a la ciudad de Barcelona gracias a la Maison Dorée, un mítico restaurante abierto en la Plaza Catalunya esquina con la calle Bergara, justo en frente de lo que hoy es el Fnac. Fue en este regio establecimiento de la Ciudad Condal de principios del siglo pasado donde según el periodista y gastrónomo Nestor Lujan los canelones del maestro Rossini se popularizaron entre la burguesía catalana.

Lo que empezó como una tendencia para la clase adinerada caló en el imaginario culinario de las clases populares de la ciudad y más tarde en el resto de Catalunya, que vio en la receta de Rossini dos suculentas ventajas; apropiarse del aura de lujo aspiracional de los suntuosos manjares de la corte gala, y aprovechar los restos de carne de la escudella de Navidad, ya tradicional en la época.

En este caso vemos como la innovación de Rossini es amplificada através de un famoso restaurante, consolidada como tendencia por la burguesía catalana, y al alinearse esta con la macrotendencia psicosocial del archiconocido ahorro catalán, convertida en una moda por el resto de la población. Un siglo más tarde, con el paso del tiempo, la naturaleza líquida y voluble de toda moda pasaría a solidificarse para convertir los canelones del maestro Rossini en una verdadera tradición. Y bien, ¿Quien dijo que todas las modas son pasajeras?

Pese a parecer dos disciplinas diametralmente opuestas, música y gastronomía tienen muchos más vínculos de los que se aprecian a primera vista. Ambas artes comunican y emocionan a través de sentidos casi considerados secundarios en estos días de domino tiránico de lo visual. La sensibilidad que requiere saber discernir entre un buen guiso y un buena pieza musical es una virtud que se solo adquieren con el tiempo aquellos quienes estén dispuestos a educar gusto, olfato y oído.

Quizás Rossini sea el personaje que más lejos llevó el entrenamiento simultaneo de las artes culinarias y musicales. Tomemos pues al maestro como referente. Ni decir hace falta que no es necesario que intentemos imitar su genio creativo pero sí su ejemplo a la hora de adentrarnos en las sendas del cultivo y aprecio de la música y la cocina.

Aquellos que sepan diferenciar entre el grave sabor del bajo en una pieza de jazz, las agudas notas de canela y chocolate en un estofado de ternera, la dulce variación de la viola en una sinfonía clásica, o la armoniosa combinación de ingredientes de unos buenos canelones, serán más felices, e incluso más buenos que los que se conforman con llenar la barriga un par de veces al día, o en descargarse el politono de moda para el teléfono móvil.

¡Feliz año a todos los seguidores del blog, en 2010 seguiremos subiendo a tender!

[Youtube http://www.youtube.com/watch?v=6Jv3lL6imzU%5D

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Por el poder del Caganer
23/12/2009

Mañana es noche buena y pasado navidad, y este blog, que en definitiva no es más que un espacio de análisis de la cultura pop, no podía soslayar las particularidades de este singular periodo invernal en que los tres pilares  de la cultura occidental se manifiestan hasta su grado sumo y eclosionan en una celebración que desenmascara el verdadero rostro de la sociedad contemporánea. En Navidad las tradiciones cristianas y paganas se entremezclan con el nuevo credo consumista en una alineación de astros que marca el camino de lo que somos y lo que queremos ser. La mirada de Subir a Tender enfoca los hechos desde la perspectiva musical, así que un villancico es el elemento más apropiado a partir de la cual trazar algunos rasgos de una fotografía global.

El villancico del que hablo es El Caganer, un tema escrito y compuesto por Albert Plà bajo encargo de la revista Enderrock que, en su número especial de diciembre, regala a sus lectores un CD llamado Conçons PreNadal, con temas navideños cantados por algunos de los artistas catalanes más destacados. Una de las característica de El Caganer es que ha sido interpretada de forma coral por Gerard Quintana, Estopa, Manel, Quimi Portet (Último de la Fila), Joan Miquel Oliver (Antonia Font), y el mismo Albert Plà; la otra es que este año TV3 y Catalunya Radio han elegido esta nadala como canción navideña oficial del 2009.

Antes de analizar la peculiar música y letra del El Caganer, nos sorprende el casting de los artistas elegidos para cantarla. ¿Los Manel junto a Quimi Portet? ¿Estopa junto a Gerard Quintana?  Algunos de estos nombres son cabeza de cartel de las distintas familias de la música hecha en Cataluña. Familias que se han mantenido en compartimentos estancos durante décadas y que empiezan a olisquearse el trasero unas a otras en la actualidad. La extrañeza se acentúa si tenemos en cuenta que quien ha orquestado el cotarro es la revista Enderrock, publicación cuya férrea línea editorial es guardiana mediática de una de esas familias.

Pero la cosa no queda ahí. Escuchando la letra veremos que en el corazón del estribillo del villancico se esconde una flagrante incorrección lingüística que pervierte las sagradas prescripciones del idioma de Pompeu Fabra. Según Albert Plà y compañía “en un passebre hi ha d’haver-hi un caganer” una redundacia gramatical que avalan TV3 y Catalunya Radio al convertir el jingle en su canción de Navidad oficial, pero que, con toda seguridad, chirriaría en la oreja y en el alma de los puristas.

En el análisis de este caso tenemos dos elementos clave. El primero es una mezcla de artistas catalanes charnegos, puros y mixtos. El segundo es la repetición hasta la saciedad de un uso no normativo pero si frecuente y cotidiano de la lengua, y todo ello difundido y defendido desde la oficialidad mediática del país. ¿Puede que nos encontremos ante un periodo de aperturismo cultural?

Esta es una pregunta que la mayoría de críticos musicales responderían con un sí rotundo. Pero ¿El zeitgeist de la creación catalana es homologable al espíritu político actual? ¿En un tiempo en que se suceden las consultas de independencia, puede que también de forma paralela se esté normalizando la convivencia de los valores de una Cataluña intrínsecamente mestiza? La respuesta se encuentra en el poder de la Navidad y sobretodo, en una macro tendencia crónica incrustada desde el albor de los tiempos en el ADN catalán. El escatologismo.

Son muchos los rasgos distintivos de la cultura patria, pero sin duda uno de los menos cuestionados es la simpatía por lo escatológico. El Caganer es una de las muestras de ese orgullo coprofílico del que está plagada la tradición del país y a la que se le suman el Caga Tió, els pets de monja, o algunos nombres de grupos míticos de la escena rock como Els Pets o Laxa’n’Busto, entre otras incontables referencias a las aguas mayores de las que hace gala el folklore nacional.

Este rasgo catalán, más antiguo que el cagar a cuclillas, ha servido en el villancico como nexo de unión y espacio común entre el imaginario de los distintos artistas y sus valedores mediáticos, lubrificando las ancestrales desavenencias familiares. No queda duda pues que en Cataluña cuando una unicidad creativa se alinea con la macro tendencia escatológica triunfa sin más, y es que puede que este valor sea incluso más poderoso, aglutinador y definitorio que la misma lengua. Y los puristas… a cagar a la era!